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ACTO DE ENTREGA PREMIO ANTONIO ASENSIO DE PERIODISMO


Barcelona, 27 de octubre de 2010


PALABRAS


Buenas noches.

Quisiera, primero, agradecerle al Jurado del VIII Premio Antonio Asensio de Periodismo el gran honor que me hace otorgándome este inmerecido galardón.

Quisiera también dedicarle este Premio a todos mis compañeros/compañeras de Le Monde diplomatique, en París, y de Le Monde diplomatique en español, en España, sin cuyo talento y creatividad nunca hubiese podido realizar mis trabajos periodísticos.

Se lo dedico asimismo a todos mis compañeros/compañeras periodistas que, en muchos lugares del mundo, luchan contra toda clase de censuras, arriesgan su libertad, y a veces, lamentablemente, también su vida.

En un contexto económico muy deprimido en el que la prensa escrita vive, quizá, uno de sus momentos más difíciles, el periodismo atraviesa una profunda crisis de identidad.

Lo digo sin ninguna nostalgia, porque, efectivamente, no creo que haya existido nunca una edad de oro del periodismo. Hacer periodismo de calidad jamás ha sido fácil; siempre ha comportado riesgos y amenazas. El poder político o el poder del dinero - y a menudo los dos - han tratado -históricamente- de limitar las libertades del periodista.

Paradójicamente, a esos poderes tradicionales se ha sumado últimamente el poder de algunos grandes conglomerados de comunicación de talla continental y hasta planetaria que desean transformar el periodismo en un mero entretenimiento domesticado. Apostando por una infantilización de la audiencia y procediendo a una aborrecible simplificación de la realidad.

Hoy, muchos medios reproducen a los medios, como un espejo que refleja otro espejo, en una configuración abismal. Internet y las redes sociales aceleran el fenómeno. Dibujando así una realidad en la que, frecuentemente, lo importante se diluye en lo trivial; en la que lo verdadero y lo falso se confunden, la lógica maniquea triunfa y el sensacionalismo sustituye a la explicación.

Aunque, hasta en este nuevo contexto, pueden surgir inesperados resistentes. Como lo está demostrando WikiLeaks con sus valientes revelaciones sobre los crímenes ocultos de las guerras de Irak y de Afganistán. WikiLeaks constituye quizá la excepción a la regla; pero el interés masivo que suscita su audacia demuestra dos cosas:

Uno) que - contrariamente a lo que afirman los propios medios dominantes - no vivimos en un mundo transparente; y la masa de la información oculta supera en ciertos temas lo imaginable.

Dos) que, en democracia, la batalla por la libertad de expresión nunca está definitivamente terminada y que la misión de cada nueva generación de periodistas consiste en proteger esa libertad y ampliar su alcance.

En este período complejo de transiciones múltiples, el periodista debe reafirmar su rabiosa voluntad de saber y de comprender para mejor transmitir. En todos los campos, debe desconfiar de las "verdades definitivas" basadas a menudo en consensos dóciles y no en la incómoda confrontación con los hechos. Cuando todos los medios se dejan hoy arrastrar por la velocidad y la instantaneidad, el periodista debe considerar que lo importante es ralentizar, frenar, concederse tiempo para la duda, el análisis y la reflexión. La información es algo muy serio, porque de su calidad depende la calidad de la democracia.

Quedan aún, desgraciadamente, en el planeta, demasiadas desigualdades, injusticias y abusos que justifican una concepción comprometida del periodismo contemporaneo en favor de más igualdad, más tolerancia, más libertad y más democracia. Algunos nos acusan de concebir el periodismo como un nuevo humanismo. No se equivocan. Porque el ser humano se halla, con su desamparo, su fragilidad y sus esperanzas, en el corazón de nuestras preocupaciones.

Muchas gracias.

Ignacio Ramonet